Lo miro a través de la ventana… Se mira al espejo, toma la peineta y se la pasa por la cabellera oscura. Se mira nuevamente al espejo, se acomoda la corbata y toma la chaqueta que estaba colgada en la silla de al lado. Mira el reloj, pone gesto impaciente y se sienta al borde de la cama, espera… yo también espero.Saca del bolsillo una carta y la lee y relee. Distingo de lejos mi letra, todo va bien. Lee nuevamente la posdata: “Lleva flores”. Coge el ramo de flores con seguridad, sale del departamento y cierra la puerta. Baja corriendo las escaleras, llega a la calle y cruza hasta la plaza de enfrente, donde le espera un amigo. Se saludan.
Los sigo con la mirada, se ven inquietos y empiezan un diálogo que no alcanzo a escuchar. Me acerco. Se escucha:
- Todo irá bien, no te preocupes. -Dice el amigo.
- Eso es lo que más espero. Tú la conoces, dime algo…
- Es que la verdad no la conozco, o sea he escuchado de ella, por mi primos.
- ¿Y?
- Dicen que es acogedora y simpática, creo…
- ¿Crees?
- Es que, verás, hablamos de ella ya hace un tiempo y mi memoria nunca ha sido buena, además que hace bastante que no la escucho nombrar. Despreocúpate, será más importante la impresión que tú de ella te lleves.
- Tienes razón.
El amigo le hizo señas que ya era hora, y se fueron los dos caminando por la plaza. Los seguí de cerca, tanto, que pude sentir sus respiraciones lentas, forzadas, durante aquellos incómodos silencios. El viaje se hacía interminable, yo lo miraba a él, tan absorto en otro mundo, los vigilaba tan de cerca y ninguno notó mi presencia. De repente me pareció la situación un cuadro bastante peculiar y absurdo, y no pude aguantar lanzar una pequeña risa. Él se dio vuelta, pero yo esquivé su mirada, no era tiempo aún.
No pude evitar pensar en que por fin nos veríamos cara a cara. Más bien el vería la mía, yo la de él la conocía de memoria. Lo que más me agradaba de todo esto era su nerviosismo, su impaciencia, sus ansias por verme, y lo más extraño, seguir a escondidas a quien era mi cita a ciegas.
Siempre había sabido que éramos perfectos juntos, pero mientras más había intentado acercarme a él, que él me notara, nunca lo había logrado, todo era una serie de desencuentros e intentos fallidos. Ahora entendía la espera, era hoy y no antes el día de nuestro eterno encuentro. No tenía otra alternativa.
Me alejé un poco, debía vigilar que hiciera todo correctamente.
Miró la hora, aún era temprano. Se despidió del amigo. Miró las flores y se sentó frente al lugar señalado en la carta. Se quedó un tiempo inerte, pensando probablemente en qué le esperaba. Las campanas de la iglesia resonaron en sus tímpanos lo que lo despertó, y se dio cuenta que ya era la hora. Nervioso se levantó mirando a su alrededor, no vio más que los transeúntes cabizbajos y acelerados. Volvió a mirar la hora, estaba cinco minutos atrasada. Rápidamente éstos si hicieron diez, luego quince, luego media hora. No podía ser.
Sacó de su bolsillo la carta, comprobó que estaba a la hora y en el lugar correcto ¿Sería todo una broma de mal gusto? Desde un principio le había parecido extraño que el lugar de encuentro fuera a la entrada de la iglesia. Acongojado, entró con la esperanza de que ella ya hubiese ingresado. De repente recordó algo, tomó la carta, la dio vuelta y decía: “Cuando llegues a la iglesia pide verme, soy Mariana Galas”. Respirando profundo y regañándose porque su memoria le había jugado tan mala pasada, le preguntó a un hombre, que por allí rezaba, si podía ver a Mariana. Este no la conocía y le recomendó preguntarle a un grupo de gente que estaba más adentro.
Extrañado, se acercó al grupo. De repente se le vino a la cabeza que quizás Mariana era una especie de monja, o alguna laica consagrada, pues sí, ahí la conocerían… Borró el pensamiento de su mente.
- Hola, buenas tardes, podría ver a Mariana Galas.
- A Mariana… ¿su nombre?
- Arturo Sáenz.
- Entre por la puerta del costado.
Intrigado, así lo hizo. El pasillo era oscuro. Su impaciencia acrecentó. Fue entonces cuando vio escrito en grande: Mariana Galas, y al ver abajo del letrero, una vez ya cerca, la vio.
Las flores quedaron botadas a mis pies, se le agradecen, fueron las más bellas, y atrás dejó la carta escrita un día antes de mi suicidio, invitación a mi funeral organizado para nuestro encuentro amoroso, del cual él fue el invitado de honor.


