miércoles, 7 de noviembre de 2007

Círculo

Hay un adiós sumergido en cada hombre,
Desarraigo del mundo y de si mismo.
Hay señales oprimidas en cada ser
Que no escapan, temor a ser pasado.

Quiero que salga mi signo y se lleve mi adiós,
No sentir eco reflejarse en el vacío.
Los espectros se cruzan en las calles,
y tanto silencio ya no puede eludirse.
Es peor que ley de hielo: es renuncia.

Cuando todo se olvida en donde todos se pierden,
a nadie le importa que sea el concreto quién nos cuaje.


Familia

Me pregunto si se alegra cuando llega a casa. Si el sonido familiar de la reja metálica le esboza una sonrisa. Si su mano busca descansar en la manilla de la puerta de un hogar reflejo de sus pasos de ingeniero eléctrico. Si cierra los ojos pensando en el reposo de su almohada y de un cuerpo fiel y seguro a su lado. Si acaso los bostezos de su prole le despiertan ternura, haciéndolo ansiar el amanecer, que lo hizo bien, que no hay arrepentimientos.

Me pregunto si cuando hace las compras, cuando nos acarrea de lado a lado, cuando escucha nuestros gritos, desborda de templanza, si su silencio es tregua o desilusión inexpresada. Porque las risas que dibujamos la navidad pasada no eran nuestras.
Arriba, en su habitación: gritos.

Me pregunto si papá se alegra cuando llega a casa.

Entonces, mientras me hago la dormida al sentir el crujido de la reja metálica verde, luego la manilla de la puerta principal rotar, le pregunto: Papá, ¿te alegras al dejarnos atrás?

martes, 11 de septiembre de 2007

“Lleva Flores”

Lo miro a través de la ventana… Se mira al espejo, toma la peineta y se la pasa por la cabellera oscura. Se mira nuevamente al espejo, se acomoda la corbata y toma la chaqueta que estaba colgada en la silla de al lado. Mira el reloj, pone gesto impaciente y se sienta al borde de la cama, espera… yo también espero.

Saca del bolsillo una carta y la lee y relee. Distingo de lejos mi letra, todo va bien. Lee nuevamente la posdata: “Lleva flores”. Coge el ramo de flores con seguridad, sale del departamento y cierra la puerta. Baja corriendo las escaleras, llega a la calle y cruza hasta la plaza de enfrente, donde le espera un amigo. Se saludan.

Los sigo con la mirada, se ven inquietos y empiezan un diálogo que no alcanzo a escuchar. Me acerco. Se escucha:

- Todo irá bien, no te preocupes. -Dice el amigo.

- Eso es lo que más espero. Tú la conoces, dime algo…

- Es que la verdad no la conozco, o sea he escuchado de ella, por mi primos.

- ¿Y?

- Dicen que es acogedora y simpática, creo…

- ¿Crees?

- Es que, verás, hablamos de ella ya hace un tiempo y mi memoria nunca ha sido buena, además que hace bastante que no la escucho nombrar. Despreocúpate, será más importante la impresión que tú de ella te lleves.

- Tienes razón.

El amigo le hizo señas que ya era hora, y se fueron los dos caminando por la plaza. Los seguí de cerca, tanto, que pude sentir sus respiraciones lentas, forzadas, durante aquellos incómodos silencios. El viaje se hacía interminable, yo lo miraba a él, tan absorto en otro mundo, los vigilaba tan de cerca y ninguno notó mi presencia. De repente me pareció la situación un cuadro bastante peculiar y absurdo, y no pude aguantar lanzar una pequeña risa. Él se dio vuelta, pero yo esquivé su mirada, no era tiempo aún.

No pude evitar pensar en que por fin nos veríamos cara a cara. Más bien el vería la mía, yo la de él la conocía de memoria. Lo que más me agradaba de todo esto era su nerviosismo, su impaciencia, sus ansias por verme, y lo más extraño, seguir a escondidas a quien era mi cita a ciegas.

Siempre había sabido que éramos perfectos juntos, pero mientras más había intentado acercarme a él, que él me notara, nunca lo había logrado, todo era una serie de desencuentros e intentos fallidos. Ahora entendía la espera, era hoy y no antes el día de nuestro eterno encuentro. No tenía otra alternativa.

Me alejé un poco, debía vigilar que hiciera todo correctamente.



Miró la hora, aún era temprano. Se despidió del amigo. Miró las flores y se sentó frente al lugar señalado en la carta. Se quedó un tiempo inerte, pensando probablemente en qué le esperaba. Las campanas de la iglesia resonaron en sus tímpanos lo que lo despertó, y se dio cuenta que ya era la hora. Nervioso se levantó mirando a su alrededor, no vio más que los transeúntes cabizbajos y acelerados. Volvió a mirar la hora, estaba cinco minutos atrasada. Rápidamente éstos si hicieron diez, luego quince, luego media hora. No podía ser.

Sacó de su bolsillo la carta, comprobó que estaba a la hora y en el lugar correcto ¿Sería todo una broma de mal gusto? Desde un principio le había parecido extraño que el lugar de encuentro fuera a la entrada de la iglesia. Acongojado, entró con la esperanza de que ella ya hubiese ingresado. De repente recordó algo, tomó la carta, la dio vuelta y decía: “Cuando llegues a la iglesia pide verme, soy Mariana Galas”. Respirando profundo y regañándose porque su memoria le había jugado tan mala pasada, le preguntó a un hombre, que por allí rezaba, si podía ver a Mariana. Este no la conocía y le recomendó preguntarle a un grupo de gente que estaba más adentro.

Extrañado, se acercó al grupo. De repente se le vino a la cabeza que quizás Mariana era una especie de monja, o alguna laica consagrada, pues sí, ahí la conocerían… Borró el pensamiento de su mente.

- Hola, buenas tardes, podría ver a Mariana Galas.

- A Mariana… ¿su nombre?

- Arturo Sáenz.

- Entre por la puerta del costado.

Intrigado, así lo hizo. El pasillo era oscuro. Su impaciencia acrecentó. Fue entonces cuando vio escrito en grande: Mariana Galas, y al ver abajo del letrero, una vez ya cerca, la vio.



El momento esperado por fin llegó. Yo mirándolo a él, él inmóvil, pálido, no dijo nada. Le sonreí, sé que nunca me vio sonreír. Vi como estupefactos estábamos uno frente al otro, y la gente de la habitación observaba perpleja. Nunca dijo nada, sin duda quedó extasiado. No fue ya hasta muy tarde que se separó de mí, que lo separaron, para poder sacar mi cajón con mi cuerpo del velatorio. Las viejas me cantaban salmos y yo veía todo desde mi visión privilegiada.

Las flores quedaron botadas a mis pies, se le agradecen, fueron las más bellas, y atrás dejó la carta escrita un día antes de mi suicidio, invitación a mi funeral organizado para nuestro encuentro amoroso, del cual él fue el invitado de honor.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Trabalenguas

Hay que matar a la ley (pena de muerte):

Si la ley mata por matar, entonces ¿habría que penarla por matar al que mató, matándola?

jueves, 6 de septiembre de 2007

Pretérito Imperfecto

Dices que llevas el pasado en los bolsillos,
y que sientes hojas crujir cuando metes las manos.
Yo pienso que vives de
recuerdos,
y que lo que llevas en los bolsillos
no es más que el presente:
marchito.

Exclamas que siempre has mirado hacia atrás,
que te nublan los ojos diáfanas tristezas y turbias alegrías,
que corres caminado, que caminas estático
y que la quietud sería tu muerte.
De niño sobreanalizabas todo,
ser avejentado y anacrónico.
Ahora eres igual que entonces,
que ayer,
el mismo que mañana
y tu camino es tan difuso como ha sido siempre.

Nunca temió tu pecho penetrar la cuenca del pretérito,
más aún, te aferraste a éste por ser tu único conocido.
Recordabas para apaciguar el sufrimiento,
te victimizabas como héroe trágico,
esto fue siempre tu hybris, tu yugo.
Sin saberlo corrías el peligro de despertar algún día
y encontrar despojos,
donde juraste estar de pie…

Hombre, estatua, cadáver,
te percibo solo porque te siento dentro
y me horrorizo y me apiado porque eres el retrato
de quien puedo llamar, no sin mis dudas:
yo mismo.

martes, 4 de septiembre de 2007

Amanece…

Y con el sol habrás olvidado las promesas proferidas en penumbra,
Las luces esfumaron las afables lágrimas de un ayer en nieblas,
De corazones aherrojados, más luz y ardor uno del otro.
No quiero que recuerdes, pero tampoco quiero recordar.
¿Despertar o dormirse?¿Soñar o vivir?
Todo es pasado y recuerdo al momento de nacer

Imagen

Hay un niño sentado en un rincón, con las rodillas al pecho y la cabeza mirando al suelo. Guarda silencio en aquel lugar oscuro, ve su sombra proyectada en el suelo marrón, y observa otras sombras pasar junto a sus pies.

Nadie sabe lo que pasa por la mente de aquel niño, menos aún lo que sucede en su alma… nadie lo sabe, ni siquiera yo, que lo creé… siendo el una extensión de una imagen interna, tal vez de mi corazón, no entiendo su aparición y menos aún sus sentimientos.

Sólo lo veo ahí, inerte, "intocado" por el tiempo y el movimiento, sin embargo tan viejo como la misma eternidad. ¿Qué sucede si deseo que se mueva, que se pare y que aquel personaje mío tome vida? Pero no quiero que haga eso, se sometería a las mismas y limitadas leyes de la humanidad, en cambio allí, sin moverse, parece intocable, imperturbable por las reglas y banalidades de la vida. Quizás aquel niño existió, y estuvo en aquel mismo rincón de una casa grande, alrededor suyo un festín, más en su esquina… sombras.

Tal vez algún pensador vio proyectada la misma imagen que hoy veo yo, y la impregnó en algún arte del alma. Siempre escribimos de aquello que cambia, del continuo ir y venir de la vida, de aventuras y diálogos… pero nada les regalamos de nuestras palabras a aquellos que callan, y viven en algún lugar solapado de la inconsciencia humana. Son personas y personajes sempiternos, porque las palabras corruptibles no los tocan.